Hay pueblos que desaparecieron bajo el agua. Escó tuvo un destino diferente y quizá todavía más difícil de explicar: sus casas permanecieron en pie, pero buena parte de las tierras que permitían vivir de ellas quedaron afectadas por la construcción del embalse de Yesa.
Hoy, cuando observas Escó desde la carretera, todavía puedes reconocer la silueta de la iglesia, antiguas viviendas y calles que ascienden por la ladera. Es fácil verlo como un pueblo en ruinas y quedarse ahí, pero detrás de esas paredes existe una historia de agricultores, ganaderos y familias que tuvieron que marcharse cuando el territorio que sostenía su forma de vida cambió para siempre.
Y eso es precisamente lo que queremos descubrir en El Sabor del Pueblo.
Escó: un pueblo que perdió sus tierras antes que sus casas
Escó se encuentra en el norte de la provincia de Zaragoza, junto al embalse de Yesa, y actualmente forma parte del municipio de Sigüés. Su posición elevada sobre el valle explica por qué las aguas no cubrieron directamente el casco urbano.
Pero que las casas no quedaran sumergidas no significó que el pueblo pudiera continuar igual.
El llenado del embalse comenzó en 1959 y afectó especialmente a las tierras fértiles de las riberas de los ríos Aragón y Esca, fundamentales para la agricultura local. La mayor parte del término fue expropiada y el proceso de despoblación se aceleró durante los años sesenta.
Ahí está la clave para entender Escó.
El agua no se llevó las casas. Se llevó buena parte de aquello que hacía posible vivir en ellas.
Durante generaciones, las familias habían cultivado huertas, cereales y viñedos y mantenido ganado en las zonas más altas. Cuando esa base económica desapareció o quedó profundamente alterada, muchas personas tuvieron que buscar su futuro en otro lugar.
De más de 250 habitantes al silencio
Cuesta imaginarlo contemplando las ruinas, pero Escó estuvo lleno de vida.
Según los datos recogidos por la Asociación Pro Reconstrucción y publicados por Heraldo de Aragón, en 1940 vivían allí unas 260 personas y todavía en 1953 se contabilizaban 253 habitantes. En 1968 quedaban 78 y, poco después, prácticamente toda la población había abandonado el núcleo.
No desaparecieron únicamente cifras de un padrón. Se cerraron casas, dejaron de recorrerse caminos y muchas familias tuvieron que reconstruir su vida lejos del lugar donde habían nacido.
Por eso, cuando visites Escó, intenta hacer un pequeño ejercicio: imagina esas mismas calles con niños, agricultores regresando del campo, animales, puertas abiertas y vecinos hablando de una casa a otra.
Las ruinas cambian bastante cuando recuerdas que alguna vez fueron hogares.
La iglesia de San Miguel y las calles que siguen en pie
La imagen que más llama la atención es la iglesia de San Miguel, de origen románico, cuya torre todavía sobresale sobre el antiguo casco urbano. Alrededor permanecen numerosos muros de las viviendas que formaban los barrios Alto y Bajo de Escó.
Tejados hundidos, ventanas abiertas hacia habitaciones que ya no existen y vegetación ocupando espacios que antes formaban parte de la vida cotidiana dibujan hoy un paisaje muy diferente.
Pero hay que evitar convertirlo en un decorado de “pueblo fantasma”.
Escó conserva propietarios, memoria familiar y vínculos con personas que siguen reuniéndose para recordar y proteger su historia. La Asociación Pro Reconstrucción de Escó, activa desde 1999, continúa organizando encuentros de vecinos y recopilando nombres, recuerdos, fotografías y testimonios del antiguo pueblo.
Eso también cambia la forma de mirar una ruina.
No es solamente algo que quedó atrás.
Hay gente intentando que su historia no desaparezca con ella.
Yesa cambió mucho más que un paisaje
Escó no fue el único núcleo afectado por la construcción del embalse. Tiermas y Ruesta también sufrieron expropiaciones y procesos de abandono, y entre los tres núcleos se calcula que alrededor de 1.500 personas tuvieron que emigrar.
Al mismo tiempo, el agua almacenada en Yesa permitió desarrollar el sistema de riegos de Bardenas y transformó la agricultura de otras zonas de Aragón y Navarra. Turismo de Aragón recuerda, por ejemplo, cómo la llegada de esa agua estuvo vinculada a la creación de numerosos pueblos de colonización en las Cinco Villas.
Y quizá aquí esté una de las reflexiones más interesantes.
Una misma infraestructura puede crear oportunidades en un territorio y transformar profundamente otro.
Por eso conocer Escó ayuda a poner rostro a algo que normalmente explicamos mediante cifras, hectáreas o metros cúbicos. Aquí hablamos de casas concretas, campos concretos y personas que tuvieron que marcharse.
¿Se puede visitar Escó?
Puedes contemplar el antiguo núcleo y recorrer su entorno, pero hay que hacerlo con bastante sentido común. Muchas construcciones llevan décadas deteriorándose y algunas pueden resultar inestables, además de existir propiedades privadas.
No merece la pena estozolarse —literalmente— por conseguir una fotografía.
Respeta accesos, señalización y propiedades, evita entrar en construcciones deterioradas y recuerda que estás recorriendo el lugar donde otras personas vivieron, no una atracción creada para visitantes.
Si quieres continuar entendiendo la historia de Yesa, muy cerca encontrarás Sigüés y Tiermas. El primero permite conocer las transformaciones relacionadas con el recrecimiento actual del embalse, mientras que las ruinas de Tiermas cuentan otra de las consecuencias de la construcción original.
Con eso es suficiente. Aquí no hace falta convertir la visita en una gymkana de pueblos abandonados.
Escó no desapareció cuando sus vecinos se marcharon
Es fácil llegar buscando una buena fotografía: la iglesia, las ruinas y el embalse al fondo ofrecen una imagen poderosa.
Pero si te marchas solamente con eso, te falta casi toda la historia.
Porque Escó no son únicamente paredes deterioradas. Son las personas que cultivaron aquellas tierras, las familias que abrieron esas puertas cada mañana y quienes todavía hoy intentan conservar nombres, recuerdos y costumbres para que el pueblo no quede reducido a una fotografía bonita en Internet.
Un pueblo puede perder habitantes.
Puede perder tejados.
Puede incluso perder buena parte del territorio del que vivía.
Pero mientras alguien recuerde qué había detrás de aquellas ventanas, todavía queda algo que contar.
Y precisamente para eso estamos recorriendo estos lugares.
Eso también es El Sabor del Pueblo.
