¿Cuántas veces has abierto una bolsa de patatas sin preguntarte qué ocurrió antes de escuchar ese primer crac?
Probablemente muchas.
Nos hemos acostumbrado tanto a determinados alimentos que dejamos de pensar en quién los hace, cómo se elaboran o por qué unas patatas saben completamente diferentes a otras. Por eso, en El Sabor del Pueblo hemos visitado Pafritas, una empresa familiar con más de 25 años de trayectoria elaborando patatas fritas artesanales con una idea muy clara: conseguir que una patata de bolsa siga recordando a las patatas de toda la vida.
Y resulta que detrás de algo tan sencillo como una patata, aceite y sal hay bastante más historia de la que parece.
Más de 25 años buscando el sabor de siempre
Sobre el papel, hacer una patata frita parece fácil.
Coges una patata, la fríes y le echas sal.
Pero cualquiera que haya intentado hacer unas buenas patatas en casa sabe que entre una patata simplemente frita y una de esas que te obliga a coger otra antes de terminar la primera hay un mundo.
En Pafritas llevan más de 25 años trabajando precisamente esos pequeños detalles. La selección de la materia prima, el tipo de aceite, la temperatura, el corte, el tiempo de fritura o el condimentado forman parte de un proceso que busca conservar un sabor muy reconocible: el de aquellas patatas de churrería de toda la vida.
La empresa selecciona sus patatas y las fríe artesanalmente en aceite de oliva, utilizando ingredientes naturales. Además, la fritura se realiza a baja temperatura, por debajo de los 160 ºC.
No hay demasiado misterio. Y ahí está precisamente el misterio.
Porque cuando un producto tiene pocos ingredientes, cada uno importa mucho más.
¿Qué pasa antes de cerrar una bolsa de Pafritas?
Esta era una de las cosas que queríamos descubrir durante nuestra visita.
Estamos acostumbrados a ver el resultado final perfectamente colocado en una estantería. Pero antes de llegar ahí, cada patata pasa por diferentes fases: selección, preparación, fritura, condimentado y embolsado.
Y detrás de todas ellas hay personas controlando que el producto mantenga las características que busca la marca.
Puede parecer evidente, pero verlo cambia bastante la percepción. De repente, esa bolsa que coges casi automáticamente en el supermercado deja de ser simplemente “unas patatas”.
Empiezas a entender que alguien ha elegido la materia prima, ha establecido una temperatura de fritura, ha decidido qué aceite utilizar y ha probado una receta hasta encontrar el resultado que quería.
El producto final dura unos minutos sobre la mesa. El trabajo que hay detrás empieza mucho antes. Y esa es precisamente una de las cosas que queremos contar en El Sabor del Pueblo.
Tradición sí, pero sin quedarse quietos
Hay una idea bastante extendida de que respetar la tradición significa hacer siempre exactamente lo mismo.
Pafritas demuestra que ambas cosas no tienen por qué ir de la mano.
A sus patatas más clásicas se han ido sumando sabores elaborados con ingredientes como trufa negra, ajo, cayena, pimentón de Espelette o sal marina, además de referencias sin sal, palitos de patata y cortezas.
La lógica sigue siendo la misma: partir de un producto reconocible y llevarlo hacia sabores diferentes sin perder su identidad. Porque innovar no siempre significa inventarse algo que nadie haya visto jamás.
A veces consiste simplemente en coger algo que funciona desde hace años y preguntarse: “¿Y si probamos esto?”. Esa combinación entre tradición y evolución también ha permitido que Pafritas haya ido creciendo y llevando sus productos más allá de su mercado inicial.
Entre otros proyectos, sus patatas han formado parte de El Gourmet de La Roja, una iniciativa gastronómica oficial bajo licencia de la Real Federación Española de Fútbol vinculada a productos representativos de la gastronomía española.
Una buena distancia para una empresa que empezó alrededor de algo tan humilde como una patata.
Una empresa familiar también puede crecer sin perder su forma de hacer las cosas
Esta visita nos dejó otra reflexión.
Cuando una empresa pequeña crece, siempre aparece el mismo miedo: que aquello que la hacía especial termine desapareciendo por el camino.
Más producción. Más mercados. Más referencias. Pero crecer no tiene por qué significar olvidarse de dónde vienes.
Después de más de dos décadas, Pafritas continúa construyendo su producto alrededor de una forma concreta de entender las patatas fritas: materia prima seleccionada, aceite de oliva, ingredientes naturales y un proceso cuidado.
Quizá ahí esté una de las claves de muchas empresas familiares que consiguen mantenerse durante décadas.
Cambiar lo necesario. Mejorar lo posible. Pero saber también qué cosas no merece la pena tocar.
Como diríamos por aquí, si algo va bien, tampoco hace falta volvernos más papistas que el Papa.
Volver a preguntarnos de dónde viene lo que comemos
Una patata. Aceite de oliva virgen. Sal.
Pocas cosas parecen más sencillas. Y precisamente por eso solemos dejar de prestarles atención.
Abrimos la bolsa, la ponemos en el centro de la mesa y, si la conversación está entretenida, cuando queremos darnos cuenta alguien se ha comido la última. Siempre hay uno. Pero detrás de esos productos cotidianos hay agricultores, trabajadores, empresas familiares, recetas, maquinaria, decisiones y muchos años de prueba y error.
Eso es lo que buscamos en El Sabor del Pueblo: entrar en campos, explotaciones, obradores y empresas para conocer lo que normalmente no vemos. Poner rostro a quienes producen nuestros alimentos y volver a hacernos una pregunta que parece sencilla, pero que cada vez nos hacemos menos:
¿Sabemos realmente de dónde viene lo que comemos?
En esta ocasión la respuesta estaba dentro de una bolsa de Pafritas. Porque algunas buenas historias no empiezan con grandes ingredientes ni recetas imposibles.
A veces empiezan simplemente con una patata. Y con alguien empeñado en freírla bien durante más de 25 años.
Eso también es El Sabor del Pueblo.
